
De momento, y esperando con el tiempo, aislado del resto de ojos, celosos, a los que no dejo compartir lo que en él escribo. Secreto, secreto infinito, hasta que lo dejo por escrito. A veces con tachones, remiendos, comienzos y finales... Escribo rimas mortales. Resentidos alma, manos y corazón, qué viaje y cuánta adrenalina caben entre renglones. Atrás, mirones. Esto queda entre las hojas, la mente y mis paredes.
Paredes testigo de cada pensamiento, de todo lo que siento, de mis resentimientos. Del orden y el esfuerzo diario que no cae en vano, de cada día tachado en mi calendario, que juega con las horas de ánimo y pesadez, de mi desgastada estupidez que busca excusas para escribir (te) de nuevo, otra vez.
Paredes que oyen cada pasar de pasos, de cafés que despiertan mis párpados y canciones que hacen latir y sentir al que ha estado en mil pedazos... ¿Lo oyes? Increíble, sigue latiendo. Tiene razones, le sobran motivos, para él todo sigue teniendo sentido cuando solo vienen contratiempos. Qué fuerza, qué coraje, qué brío. Entre cuatro paredes bombea sin parar, enjaulado, toma el ánimo de donde parece no haber... De donde menos crees. Tantas ganas tiene, que me he visto obligada a creer de nuevo en la magia de la constancia, del deber. De ir a ciegas dando brochazos de imaginación y tesón, de empezar a tejer sin saber, de la exigencia autolimitada para no sufrir en balde... Y liar el desastre. Como mi cama, a veces mal hecha por salir corriendo sin tiempo para alcanzar, con pequeños gestos, mi sueño. Perdona si no me peino, pero lato tan deprisa en cada minuto que no vivo para agradar al resto. Cuando quieras te lo cuento, pero tienes que tener cuidado... Eres mi invitado, si entras a mi habitación, a mi cuarto, a mi casapalasio... Desacelera, ve despacio, no quiero prisas, aparca tu calendario y congela tu segundero, solo quiero tu sonrisa.

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