Evitas ese trocito de tarta porque claro, hay que cuidarse. No llamas a alguien por miedo a "molestar", qué verbo más feo. Como si querer a alguien necesitara de permisos. Já. Me río yo de los permisos. No pulsas el "enviar" por miedo a una reacción. Me vuelvo a reír, que tensión tan absurda cuando sabes que lo que viene es para bien. Porque descartas o ganas. Como las que tengo, como siempre digo, de no quedarme con estas de nada. Temes mostrarte, exponerte, sincerarte. Qué pérdida de tiempo, felicidad y oportunidad. Aquí quien no arriesga se mata: se le pasa el tiempo y no pasa nada. Nada.

Esperas, ¿qué esperas? Cuando quieres compartir y construir pero no hay respuesta, coge tus herramientas. Haz lo que sepas, haz lo que quieras. De camino viene alguna mano amiga con cinta métrica que echabas en falta y las losetas para tus baldas. Menuda casa. Atrás quedan quienes pudieron ser junto contigo jefes de proyecto pero se fueron camino recto. Y no esperes, porque las oportunidades pasan aquí y ahora, o lo tomas o lo dejas, o te subes y te quedas o meto marcha. Es lo que pasa, y estás hoy en esta parada. Qué quieres hacer. Deja de saltar entre posibilidades. Agarra una y cuecela a fuego lento. Llámale, escríbeme, pásale a recoger, hazme reír, sorprendele. Toma la maldita iniciativa, agarra la oportunidad. Probablemente no se repita y tú te preguntes por qué no lo hiciste antes... Al menos durante unos días de tu vida.
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