La vida no es lo que esperas, muchas veces no es lo que quieres. Pero si lo que necesitas.
A nadie le gusta que se le acelera el pulso al descubrir algo que no entraba en sus planes, a verse obligados a reconocer como desconocido a alguien por quien habría hecho lo que fuera.
Es un chupito de Fireball: canela dulce y regusto final amargo. Dejando el vasito vacío al acabar de beberlo... Pudiéndolo llenar de nuevo.
Hoy no vengo a dejar rimas entre renglones como acostumbro, vengo a dejar la mente (cansada) vacía de todo lo que ya no es mío. Porque he dejado atrás tanto que me asusto. Soy una persona mentalmente fuerte, piedra que veo, piedra que salto... Y si no puedo saltarla, excavo y paso debajo de ella, jamás la rodeo o la aparto del camino: me autoconvenzo de que son regalos. El problema viene cuando la piedra eres tú, es el creer poder con todo, el ego disfrazado de autosuficiencia, el error del aislamiento para seguir siendo fuerte. Todo eso ya no está, pedir ayuda no solo es útil sino necesario, ceder y ser vulnerable para poder abrirte a los demás es el chocolate al final de un helado: hay que comerse el cucurucho para obtener la mejor parte. Es duro quitarse la armadura, descubrir cuanto pesa y ver que hay heridas dentro, pero cuando empiezan a curar... J*d*r no se compara con nada. Es subir un nivel del videojuego, conseguir un botiquín en en Call Of Dutty o coger una rampa arcoiris del Mario Kart. Entiendes la leyenda del águila y todas las historias de animales que nos cuentan para explicar un cambio interno profundo. Entiendes que el dolor de hoy es necesario para convertirte en quien estás destinada a ser, y que
no hay camino secundario ni milongas, que las excusas son para el perezoso y no para quien tiene curiosidad.
Hace ya unas cuantas entradas hablaba sobre mi intensidad, que parece que solo aumenta con el tiempo. Puede que a veces resulte difícil de leer, pero es que tengo tanto que contar que me cuesta hilarlo todo, empezar, continuar... Y terminar. Sobre todo poner puntos: finales y a parte. Me cuesta aceptar el cambio, y entender que cuando llega no pregunta si lo quieres o no, es algo que a golpes estoy comprendiendo. Porque (quiero creer) el sabor a despedida se continúa con un "hola" de algo nuevo, o eso estoy empezando a ver.
Esta primera mitad de 2019 no me deja indiferente, me deja más bien temblando por tanto terremoto sin previo aviso. Nada de lo que estoy viviendo entraba en mis planes, ni si quiera alguna vez pensé que podría pasar, pero qué aburrida estaría si de vez en cuando no pierdo de vista el suelo que piso, ya sea por estar arriba... O como me está tocando ahora: abajo.