Las palabras van dejando de sangrar, el reloj sigue su tictac, los días avanzan a pasos algo más acelerados... Y tu mente sigue congelada, embotellando cada emoción en un rincón de tu querida razón. Qué, con perdón, iluso: evadir no sentir es sinónimo de cáncer de alma. Y la cura para eso está en la incomodidad de uno mismo.
Cada vez estoy más cerca y más lejos. He quitado las riendas que unían al carro a mi mitad animal, al impulso de seguir atada a lo que me impedía volar, a la expectativa, a la espera y a lo que una quiere que sea. Me salgo del camino principal y vuelvo al estrecho, donde puedo cabalgar, sentir sin pensar en qué dirán. Sentir, simplemente. Sentir sin cuestionar si está bien o si está mal, si me quedo corta o doy de más. Sentir para mi, para alguien que si lo sabe valorar. Devolver al león a la jaula en la que sigue queriendo estar, cómodo: no necesita salir a cazar, deja dormir a su impulso animal... Apagar el riesgo y la emoción. Sólo ante tal convicción, tan firme, inamovible, rígida... Decidí apagar las luces del circo.

No necesito intentarlo tanto, a veces intentarlo suficiente puede salvar de un destrozo emocional. Saber decir por ti cien vidas... Pero por mi, aquí, ni un minuto más.
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