La risa, la alameda, La Cortadura, el pescaíto, el Manteca, El Puerto, la Punta, la Caleta, el Castillo de San Sebastián, su Levante y Poniente, la Chon, la aceituna en mi cerveza. El slack, las pipas, el TK3, mis amigos y los amigos de mis amigos. Los churros del kiosko de la giratoria, sus sonrisas quemadas al sol, qué intensidad. Qué suerte compartirlo con ellos de esta manera. Las chapetas del carnaval dibujadas en la cara y las calles abarrotadas. Chirigota en una esquina, comparsas en medio de la Plaza de las Flores. La catedral, qué brillo. Puestos en la calle, bocadillo de chicharrones, que no se andan con tonterías estos gaditanos. Para, para, para, estoy al borde de una embolia de felicidad cuando alguno dice: "vamos a por unas tortillitas de camarones". Ellos saben. Pero de todo, porque la cerveza sabe mejor con la música en directo en el PhiPhi, posturea para que te vean. Si señor, porque si no duermes siesta entra mejor un café que la cerveza.
Aquí la vida detiene en reloj. Se congela el tiempo y se caldean las horas, los recuerdos. Venir a Cádiz es beber agua cuando tienes mucha pero que mucha sed. Sed de felicidad. Se sacian las reservas de vitamina D y se vacían las de pesimismo. Aparcas el problema de forma indefinida, porque hagas lo que hagas va a estar bien. Cualquier plan se ajusta como un guante. No hay negatividad. Un mundo a parte, cruzar un umbral, una puerta (de Tierra). Poner en pausa la rutina y darle al play de la despreocupación. De verdad, que muero de la emoción, qué suerte hacer de ti mi casa. Mi tacita de Plata.

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