Censuraría el torrente de imaginación activa y pasiva cuando algo interrumpe la rutina. Bloquearía, a veces y a ratos, el flujo de desconcentración que golpea cada vez que viene algo nuevo. Porque si, no se no apostar todo a un all in.
Me gusta pensar que en algún lugar hay alguien que piensa así, como yo. Un jugador nato, con las rodilleras y protector dental puestos, un buen casco y vistiendo el ser valiente por si acaso se cae. Que si de algo tengo un máster, es de caídas, y no de odontología comunitaria.
Apagaría el botón de la ilusión para no poder ver la luz de la cruda verdad. Pero es que prefiero no quedarme en la zona oscura de la duda. La curiosidad mató al gato, o en mi caso al mapache. Por las ojeras, digo.

Después de mis saltos en paracaídas llevando a la espalda la sinceridad, sin poder prevenir la caída cuando llego al suelo, y a pesar de querer arrancar esa parte de mi... Pienso, ¿para qué? Esto me hace ser yo. Ni mejor, ni peor. Yo. Quien quiere estar, está, quien quiere, se nota... Y quien no, más. A mis 25 años he aprendido a moderar, subir, bajar el volumen. No voy a dejar de emitir mi señal. No me importa si no hay antenas que la reciban. El dar, el ser así, no es por nadie más, sino por mi. Prefiero estrellarme con una verdad por delante, que ocultarla. Así igual no consigo lo que quiero, pero descarto lo que no es para mi. Ya es un avance.

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