Alguien empieza a poner platos y sumarle sillas a la mesa. Ana saca su guitarra y Emilio sus altavoces. Mientras Jesús aborta un intento de incendiar lo que tenemos en el horno aún. Laura siempre atenta, previsora, al quite, deja cada detalle perfecto. Oh, oh, oh, Paco trae 7L de vino y María se relame los bigotes. Anita pide que la esperemos, que tiene hambre. Qué familia. Oye, ¿al final viene Juanchi? Bueno, si aparece, sabe que tiene su copita de manzanilla en la mesa. Ojalá Torralbo aquí, qué paz de persona, qué trozo de cielo. Charfa, ¿viene Charfa? Aún tiene aquí su bici. Desde hace tres semanas, qué pelotas. Antonio venía en tren, ¿verdad? Vamos a recogerle a la estación, estamos a dos minutos, qué ganas de verle, qué tío más grande. Esteban viene para el café. Ximo y Chema, en pack, como los yogures, jamás fallan.

Cuando digo que tengo suerte, me refiero a esto. Y a pocas cosas más. La lotería, el Gordo, el trébol de cuatro hojas, el caldero de oro al final del arco iris, el chocolate al final del cono del helado, se quedan en nada si los comparas con cada domingo en Sevilla.
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