viernes, 5 de abril de 2019

La Resistencia.

Te sientas en la terraza de un décimo piso: hay vistas a la avenida principal y coches y autobuses pasan a una velocidad estimable solo por la gente que vive aquí. Apenas llega el ruido a tus oídos, porque aún hay algo por ahí adentro. La tarde avanza y parece que la camiseta fina que llevas puesta no cumple su función, la temperatura va cayendo y la de tu cuerpo está algo entrecortada. Esta noche te ha costado dormir y tus ojeras son testigo de cada pensamiento que ronda la almohada, de cada palabra que cruza tu mente, pero sobre todo de algo que no paras de repetirte: tiempo. Un cronómetro que quieres acelerar, darle al botón "velocidad de la luz" para ver qué pasa, bajarte un momento del presente y ver parte del futuro por la cerradura. Pero no puedes, ni tampoco es sano. Te aferras a La Resistencia y confías en ella. Confías en que lo que sucede conviene, o al menos intentas convencerte de ello mientras los dedos de tus manos se enfrían un poco más ahí arriba.

Idealizas la realidad de otros y la comparas con lo poco que, actualmente, te gusta la tuya, la que te está tocando vivir. La que has escogido para, sin saber cuándo, que cambie por la que realmente deseas. Comparas sus viajes a otras ciudades con tus viajes del tema 30 al 47, tus viajes que van desde el tratamiento de unas agenesias al tratamiento de traumatismos dentoalveolares. Guau. Comparas sus vidas independientes con la que aún está unida por un hilo con tus padres. Guau. Qué haces, para, no es sano, lo sabes. Pero cuesta. Y das vueltas en círculos lentos en ese suelo sobre el que empieza a caer la humedad que anuncia la noche. Con cada segundo que empleas en pensar en eso, tus comisuras bajan y tus ojos brillan menos, así que decides salir de ese circulo vicioso para contárselo a Jimena, la única que puede hacerte olvidar. Ella y esta página en blanco sobre la que escribes, como un pequeño diario en el que te da coraje a veces reflejar más pensamientos ansiosos que positivos, lo que suele caracterizarte.

Al llegar a la habitación solo tienes ojos para tu salvavidas, tu guitarra. No se qué haría sin poder intentar hacer música con ella, sin ella y sin el deporte habría perdido de vista mis objetivos. Tres canciones más tarde asomas el ojillo a tu móvil... Lucecita parpadeante, otro salvavidas: cuando crees que estás sola hay quien se empeña en asegurarse que está a tu lado, mi agradecimiento es eterno. Solo quien realmente conoce a Bala, a N.pup, Holgyek, Rubita y quizás Rosa saben cómo echar un cable, no siempre, pero el mínimo intento  te es suficiente. Porque tu realidad no es la suya, pero si hacen el mínimo intento de acercarlas, para ti significa un mundo.

Te pones en pausa, no sabes cómo seguir, no sabes qué hacer, y aún así continúas. A veces con acelerones, a veces a pasos de hormiga, pero continúas. Cuando no quieres seguir y aún así lo haces, cuando no ves tus pies y confías en seguir andando, cuando no ves el segundero y continúas peleando... Has llegado donde comienza el éxito: a La Resistencia, la antesala de un objetivo cumplido y casa del tiempo invertido. Sólo los que estamos ahí conocemos lo que es congelar el tiempo para poder ganar más adelante.


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