Olor chivato de tardes que empiezan a alargarse entre cafés para acabar en cervezas cada sábado. O domingo. Porque aquí somos muy de domingos. Es ese olor a incienso incipiente en la calle San Fernando o el hombre que vende palodús en La Campana. Mantas de gente echadas a la calle, parejas, carritos, personas mayores, gafapastas, capillitas de via crucis en via crucis, algún guiri despistado con un cebollazo a las cuatro de la tarde. Porque allí sus cuatro no son las nuestras. No tienen esta luz, no tienen esta poca vergüenza. Aquí se pierde la cabeza, cómo no hacerlo. Con esa Plaza de España, ese Parque de María Luisa, ese río, esa Torre del Oro, con la Maestranza y el Paseo Colón. Dime, ¿cómo no? Si no es solo su olor, sino su luz. La luz de Sevilla: naranja, albero, amarilla, violeta. A franjas, entre improvisación, flamenco, su Alcázar. Un caleidoscopio del color de cada uno de sus azujelos, de su feria, de su volante y su Macarena. Su puente de la Barqueta, que bebe el río a contracorriente para llevarte a la otra Sevilla, Tirana. Pu(e)nt(e)o y orilla a parte. Cuna del arte y la sinvergonzería, de la tapa y la tradición, aquí se es Trianero de corazón, no de boquilla. Aquí se vive en Lo Nuestro, entre rumba y cajón, guitarra y voces, vino y careos, hasta que caigas al suelo. En Betis empiezo, y en la Alameda me acuesto, FunClub, Holiday, Hércules, testigos de chupitos y bostezos. De buscar siempre algún enrredo, improvisación con el hombre que vende pulseras de cuero, litros pal cuerpo. ¿Cómo han acabado dando las seis de la mañana? Si yo salía para que me diera el aire en la cara, y aquí estamos, todos de nuevo reliados... En mi Sevilla, descaro, alegría y corazón... Si me piden pensar qué es la felicidad, no lo dudo, de ti es de quien hablo.
lunes, 11 de marzo de 2019
Mi SEVILLA
Sales por la puerta de tu casa, llamas al ascensor y empiezas a bajar: 10, 9, 8, 7... Llegas a la calle y parece que sobra tu chaqueta. Encima es de cuero, va a quedar preciosa como adorno. Comienzas a andar y a mirar hacia arriba: los naranjos están ya cuajados de azahar y tú vas a explotar de felicidad. Es otra vez ese olor, el olor del sur en primavera.
Olor chivato de tardes que empiezan a alargarse entre cafés para acabar en cervezas cada sábado. O domingo. Porque aquí somos muy de domingos. Es ese olor a incienso incipiente en la calle San Fernando o el hombre que vende palodús en La Campana. Mantas de gente echadas a la calle, parejas, carritos, personas mayores, gafapastas, capillitas de via crucis en via crucis, algún guiri despistado con un cebollazo a las cuatro de la tarde. Porque allí sus cuatro no son las nuestras. No tienen esta luz, no tienen esta poca vergüenza. Aquí se pierde la cabeza, cómo no hacerlo. Con esa Plaza de España, ese Parque de María Luisa, ese río, esa Torre del Oro, con la Maestranza y el Paseo Colón. Dime, ¿cómo no? Si no es solo su olor, sino su luz. La luz de Sevilla: naranja, albero, amarilla, violeta. A franjas, entre improvisación, flamenco, su Alcázar. Un caleidoscopio del color de cada uno de sus azujelos, de su feria, de su volante y su Macarena. Su puente de la Barqueta, que bebe el río a contracorriente para llevarte a la otra Sevilla, Tirana. Pu(e)nt(e)o y orilla a parte. Cuna del arte y la sinvergonzería, de la tapa y la tradición, aquí se es Trianero de corazón, no de boquilla. Aquí se vive en Lo Nuestro, entre rumba y cajón, guitarra y voces, vino y careos, hasta que caigas al suelo. En Betis empiezo, y en la Alameda me acuesto, FunClub, Holiday, Hércules, testigos de chupitos y bostezos. De buscar siempre algún enrredo, improvisación con el hombre que vende pulseras de cuero, litros pal cuerpo. ¿Cómo han acabado dando las seis de la mañana? Si yo salía para que me diera el aire en la cara, y aquí estamos, todos de nuevo reliados... En mi Sevilla, descaro, alegría y corazón... Si me piden pensar qué es la felicidad, no lo dudo, de ti es de quien hablo.
Olor chivato de tardes que empiezan a alargarse entre cafés para acabar en cervezas cada sábado. O domingo. Porque aquí somos muy de domingos. Es ese olor a incienso incipiente en la calle San Fernando o el hombre que vende palodús en La Campana. Mantas de gente echadas a la calle, parejas, carritos, personas mayores, gafapastas, capillitas de via crucis en via crucis, algún guiri despistado con un cebollazo a las cuatro de la tarde. Porque allí sus cuatro no son las nuestras. No tienen esta luz, no tienen esta poca vergüenza. Aquí se pierde la cabeza, cómo no hacerlo. Con esa Plaza de España, ese Parque de María Luisa, ese río, esa Torre del Oro, con la Maestranza y el Paseo Colón. Dime, ¿cómo no? Si no es solo su olor, sino su luz. La luz de Sevilla: naranja, albero, amarilla, violeta. A franjas, entre improvisación, flamenco, su Alcázar. Un caleidoscopio del color de cada uno de sus azujelos, de su feria, de su volante y su Macarena. Su puente de la Barqueta, que bebe el río a contracorriente para llevarte a la otra Sevilla, Tirana. Pu(e)nt(e)o y orilla a parte. Cuna del arte y la sinvergonzería, de la tapa y la tradición, aquí se es Trianero de corazón, no de boquilla. Aquí se vive en Lo Nuestro, entre rumba y cajón, guitarra y voces, vino y careos, hasta que caigas al suelo. En Betis empiezo, y en la Alameda me acuesto, FunClub, Holiday, Hércules, testigos de chupitos y bostezos. De buscar siempre algún enrredo, improvisación con el hombre que vende pulseras de cuero, litros pal cuerpo. ¿Cómo han acabado dando las seis de la mañana? Si yo salía para que me diera el aire en la cara, y aquí estamos, todos de nuevo reliados... En mi Sevilla, descaro, alegría y corazón... Si me piden pensar qué es la felicidad, no lo dudo, de ti es de quien hablo.
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