Siempre me ha gustado el flamenco, y el sonido de la guitarra es uno de mis favoritos en el mundo. Pensé que a mi tío Jose no le importaría que le robase su guitarra, así que fui a casa de mis abuelos, me subí al altillo y la robé. Fui a una tienda de música a por unas cuerdas nuevas y el encargado acabó regalándomelas: al ver esa guitarra prehistórica se emocionó... Él mismo había aprendido a tocar con ese mismo modelo. Llegué a mi habitación, cogí a la rebautizada Juanita y me puse un tutorial de Youtube. Y hasta este año, 2019, cuando Juanita no dio más de si: el puente estaba roto, las clavijas oxidadas (se desafinaba ya sola) y la madera tan vieja, combada.
Soy de insistir y no desistir así que ante la muerte anunciada de mi vieja gloria, he estado unos meses robándole a Baby a Ana. Otra guitarra clásica, con mástil ancho y salida de notas bastante dulce. No me era suficiente... Entonces decidí después de estar 3 años babeando por una Harley Benton, comprarme una. Jimena.
Creo que hasta aquí queda bien resumida mi historia con las guitarras, pero no con lo que me mueven, con el por qué de hacer cimbrear las cuerdas. Hace poco me di cuenta de que cuando más toco es cuando estoy muy feliz o preocupada. Escribir suele ser mi salida y entrada, mi diario de a bordo, un flotador y alivio. Hasta que decidí compartirlo con un intento de música porque, admitámoslo, no soy brillante en absoluto, pero soy muy pesada. Leer las notas me calma, me da un chute de energía difícil de explicar, amansa a Bala. Cierra las puertas al "y si" y no hay nadie más que el silencio, Jimena y yo. No necesito nada más, no quiero nada más.

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