
Qué estaba haciendo, sólo podía seguir avanzando a pesar de todos los consejos que le habían dado. Sabía que no debía ir, pero sus pasos continuaban hacia adelante decididos casi sin poder detenerlos. Algo le decía que debía conocerla, debía conocer de primera mano el magnetismo de Lilith y sus palabras, calificadas como bendición y perdición por aquellos que habían sido lo suficientemente valientes como para atreverse a escucharlas. Una vez a las puertas de su tienda, Maya comenzó a girarse sobre sus pasos cuando una voz intensa y aterciopelada la invitó a entrar.

Movió el pedazo de tela que la mantenía aún en el exterior y se adentró en el mundo de Lilith. Estaba sentada en una silla de madera, con tallados en algún idioma que no sabía distinguir. Tenía la mirada centrada en la superficie de la mesa sobre la que había muchas velas de diferentes tamaños. Había suficientes como para alumbrar de forma ligera la habitación, ya que cuando hay luna nueva todo se tornaba más oscuro de lo habitual. Su pelo era de color cobre y sus manos de color nieve se movían rápidas y ágiles sobre el tapiz. Sorprendida ante la joven y aparentemente llena de vida imagen de la mujer, Maya no fue capaz de articular palabra. ¿Cómo podría tener ese aspecto habiendo vivido durante casi un siglo? Era imposible para una persona con esa edad tener la apariencia de alguien apenas comenzada la treintena. ¿Se habría equivocado? Todas las indicaciones que le habían dado coincidían con aquel lugar.

Maya salió automáticamente de su hilo de pensamientos cuando los ojos oscuros como pozos de Lilith atravesaron los suyos. Jamás se había sentido tan intimidada por nadie, ni si quiera por su hermano mayor a quien tanto temía. Algo la hizo extremecerse, dando paso a un escalofrío que recorrió toda la espalda desde la nuca hasta su zona lumbar. Qué era aquella electricidad, por qué se sentía tan vulnerable y desnuda ante esa mujer, qué tipo de familiaridad la estaba ligando a ese suelo y lugar que pisaba. De repente el vaso que tenía sobre el tapiz de la mesa cayó al suelo derramando el líquido ámbar oscuro que contenía, haciéndose mil pedazos y dibujando un charco en forma de media luna. Lilith se levantó de la silla y avanzó hacia Maya lentamente con los ojos abiertos de par en par. Cada paso que daba hacía temblar ligeramente el suelo. La velas comenzaron a apagarse una a una conforme la distancia entre ambas se reducía. Maya solo podía oír su respiración y el ligero tintineo de las campanitas en la entrada. El miedo se apoderaba de cada milímetro de su cuerpo, cuando de repente, Lilith posó sus dedos sobre su nariz y la sumergió en un profundo trance.

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