jueves, 31 de enero de 2019

Siempre dándole vueltas al asunto y poniéndolo en cuestión cada vez que abro el navegador, es agotador. La mujer, el hombre. La visión que tenemos de nosotros.

Más allá de la revolución feminista, que no hembrista, completamente necesaria y de la que comparto la mayoría de checkpoints, me sigue sorprendiendo el estereotipo femenino. El estereotipo que señalan, pero consumen. Consumen "Qué dieta detox empezar después de Navidad", "La herramienta que necesitas para hacerte el eyeliner perfecto (por fin)", "Rosalía se apunta a las mechas de moda y cambia de color de pelo" (qué narices me importan sus mechas), "¿Acabas de cobrar? 16 compras infalibles de nueva temporada" y así podría seguir un rato más. Qué pena y qué impotencia me da cada vez que paso por el kiosko de mi barrio y ver, aún, la división entre prensa masculina y femenina. Por qué.

Se que somos libres de consumir lo que nos venga en gana, lo que desconozco el por qué en una revista de entrevistas a personajes públicos, la portada solía ser una mujer desnuda. Un producto para atraer... ¿A qué público? ¿Por qué seguimos usando la imagen femenina como faro? ¿Qué es realmente la imagen femenina?

Bien, la imagen femenina es la de esa mujer que se levanta de su escritorio cansada de trabajar para ponerse el chándal y salir a entrenar. La imagen femenina es la que agarra su mochila, se calza sus deportivas, coge el autobús con cara de sueño y va a clase. Es aquella que te espera un martes por la tarde en su casa a la hora de comer con la mejor tortilla del mundo (sin cebolla y líquida, por favor) y una torre de croquetas. Es aquella que guarda un poquito de su final de mes para reservar un vuelo. La que tiene 30 pares de medias negras diferentes y están rotas, siendo la mejor pareja a un "no se qué ponerme". Es aquella que desgasta las teclas del ordenador en el trabajo, o la que estando embarcada mira constantemente una fotografía de quienes le están faltando. La que viste un mono de aviación y va de Zaragoza a Rota por trabajo. Con el pelo despeinado, ojeras, granos, cejas sin depilar, labios pintados, eyeliner perfecto, ondas surferas, cicatrices en la piel, lunares. La imagen femenina es cualquiera, es la misma que la masculina.

Por eso me hierve la sangre cada vez que vislumbro un estereotipo de lo que se debe ser. Un hombre o una mujer. Un hombre no tiene por qué ser fuerte todo el tiempo, puede permitirse sentir, necesitar apoyo, llorar. Un hombre puede no gustarle el fútbol, no querer beber, amar cocinar, amar pintar, amar las tendencias y la ropa, vestir falda, usar maquillaje, y seguir siendo hombre. Un hombre puede ser modisto, chef, militar, dentista, ingeniero, maquillador, y seguir siendo hombre. No tiene por qué ser un as entre las sábanas, no tiene por qué tomar la iniciativa ni pagarlo todo. No tiene que ser cabeza de familia, sino miembro de un equipo. Si tiene que saber que plantarse delante de algo que opine una mayoría, es importante. Tiene que poder decir no cuando quiera, y si cuando le apetezca. Tiene que no dar todo por hecho, dejar de asumir hechos. No tiene porque estar en la cresta de la ola, porque se falla y no pasa nada. Tiene que ser libre, igual que yo.

Qué necesario es ir arrancando las páginas que definen nuestros estereotipos. Cuánto hace falta re-escribirnos, o más bien borrarlo. Darle una página en blanco a cada niño que nace. Qué quieres ser. Qué te apetece. Sin juzgar, sin intentar conducir a la persona hasta nuestra parcela.


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