martes, 20 de marzo de 2012

Hace tiempo.

Mucho tiempo que quedó atrás. Que dejamos de ser niños con bicis voladoras y motos rápidas como un rayo por cuestas en la Sierra. Salidas en las que el corazón pasaba de 70 a 150 pulsaciones por minuto cada vez que veía el mar y la arena juntos en casa.

Recuerdo un olor a incienso y a azahar, y una noche que acababa de empezar. Sólo las piedras escuchaban qué decía y solo yo lo que pensaba. Un puente y ahí una mano, la mirada dirigida al río... Parecía más especial aquella noche que otras veces: se comenzaba a fundir con el azul del mar. Eran sensaciones fortuitas, intensas como el abrir una nevera en una cocina y ver algo inesperado al cerrar la puerta. Cascos y mucha prisa, corre, corre, me decían... Yo se lo que me hago, solía contestarles: y es que siempre es mejor ir lento, pero sobre terreno firme. Qué niñez aquella en la que con una sola palabra podía volar. De repente se hizo de nuevo de noche y otra vez en una cuesta, quién sabe si tanta pendiente avecinaba algo tormentoso, comencé a ver algo nuevo, una luciérnaga pequeñita aún pero con la luz más intensa jamás vista, y sobre todo llena de ilusión por los días próximos. Días perfectos, interminablemente perfectos que se hacían más cálidos conforme Don Mayo llamaba a la puerta: recorría la arena con mis manos, granito a granito con el olor a cereza, y comenzaba a nadar en un mar donde me hubiese encantado estar encerrada el resto de días para luego volar sobre dos ruedas y un manillar, adoraba esa velocidad. Tenerlo todo y de repente no tener nada. Qué injusto y caprichoso se vuelve el destino, quiso arrancar la brisa, la velocidad y el olor a cerezas de mis brazos.

Quien sabe si para bien o mal, lo único que se es que cuando llega la primavera y con ella el olor a azahar vuelvo a las noches en las que sólo se oía el murmullo del agua de una fuente y unos tambores de fondo.

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