Me levanto y me miro al espejo. Lo único que veo es vacío, vacío y decepción. Me ducho y salgo a la calle y al mirarme en el primer escaparate, esa imagen vuelve a aparecer, y me persigue constantemente donde quiera que vaya. Hace días que desapareció la sonrisa de verdad, esa que se sube a los ojos y desborda alegría, es como si sólo fuese mi boca quien pretende aparentar la misma normalidad de siempre. Pero no es así, nada es normal.
Y ahora te preguntarás que quién me creo al escribir todo esto, si a alguien le importa. La verdad, no lo creo. No me importa ni a mí misma. No me creo nadie, y a veces puede que no sea nadie.
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